
¿Te imaginas bailar en un salón de cristal mientras todo a tu alrededor se derrumba? Esa es la esencia de As The World Falls Down, la balada de David Bowie que suena en la película Labyrinth. Con imágenes celestiales -poner el cielo en tus ojos o colgar la luna en tu corazón- Bowie describe un amor que se vuelve refugio cuando la realidad pierde sentido. La canción retrata a dos desconocidos que, pese al caos exterior, deciden enamorarse y crear su propio universo de mañanas doradas y noches de San Valentín.
As The World Falls Down combina melancolía y esperanza. La letra habla de la tristeza y la confusión que llegan cuando “cada emoción se desvanece”, pero también promete compañía incondicional: “estaré allí para ti”. Así, Bowie nos invita a creer que el amor puede ser un acto de magia capaz de detener el tiempo, pintar el cielo y ofrecernos un lugar seguro incluso mientras el mundo se desmorona.
¿Alguna vez has sentido que, aunque sea por un día, puedes enfrentar al mundo y salir victorioso?
“Heroes” nos transporta a la Berlín dividida de los años setenta, donde dos amantes se desafían a sí mismos y al muro que los separa. Entre disparos que resuenan sobre sus cabezas y besos robados junto a la muralla, David Bowie pinta un cuadro de amor rebelde: «Nada nos mantendrá juntos… podemos ser héroes, solo por un día». La imagen de los delfines nadando libres simboliza el deseo de escapar de las barreras físicas y emocionales, mientras las líneas «I will be king / You will be queen» convierten un simple instante de valentía en un reinado imaginario de libertad.
En su esencia, la canción celebra la heroicidad cotidiana. No se trata de grandes gestas épicas, sino de la determinación de vivir ese momento de unión como si fuera eterno. Bowie nos recuerda que, al atrevernos a soñar y a amar a pesar de los obstáculos, todos podemos alzar la corona de la victoria, aunque solo sea durante unas horas. Así, “Heroes” vibra con un mensaje universal: cada gesto de coraje, por pequeño que parezca, puede convertirnos en leyendas para siempre… o al menos, just for one day.
David Bowie vuelve a demostrar su talento camaleónico en Valentine’s Day, una canción cuyo título suena romántico pero es en realidad una crítica punzante a la violencia armada.
Bowie nos presenta a Valentine, un joven delgado y aparentemente insignificante que planea un ataque. Las letras aluden a:
La voz narrativa describe cómo Valentine “tiene algo que decir” y “todo sucede hoy”, enfatizando la inmediatez y el horror de un tiroteo. Bowie, desde su perspectiva británica, pone el foco en un problema muy estadounidense: la facilidad con la que la rabia y la alienación encuentran un arma de fuego. El resultado es una pieza inquietante y reflexiva que, entre acordes rock y un estribillo pegadizo, nos invita a cuestionar el culto a las armas y la violencia como vía de expresión.
Blackstar es la pieza con la que David Bowie, el camaleónico artista británico, se despide del mundo envuelto en un halo de misterio cósmico. Desde la inquietante imagen de la villa of Ormen —“ormen” significa “serpiente” en noruego— y su única vela encendida, Bowie nos mete en un escenario ritual donde lo terrenal y lo espiritual se mezclan. Esa luz solitaria apunta a un centro absoluto: tus ojos, es decir, la conciencia que observa el fin. El tema alterna símbolos bíblicos, referencias ocultistas y visiones futuristas para retratar un momento de sacrificio, ejecución y resurrección.
Cuando irrumpe el estribillo “I’m a blackstar”, Bowie reivindica una identidad que ya no es una estrella convencional, sino un astro que colapsa y renace en forma de misterio. Nos habla de la muerte como tránsito: “el espíritu se eleva un metro y se hace a un lado” para dejar que alguien nuevo ocupe el lugar. A la vez, lanza críticas al ego y a la fama (“no soy un gangster, ni un pornstar”) y celebra el poder de reinventarse. En resumen, la canción es un viaje oscuro y brillante sobre la mortalidad, la transformación y el legado, un último guiño genial de Bowie para recordarnos que, incluso al desaparecer, su luz negra sigue marcando el compás.
¿Te imaginas recibir un mensaje desde el más allá envuelto en saxofones y un groove inquietante? Así se siente “Lazarus”, la despedida que David Bowie —el camaleón británico— dejó como legado pocos días antes de partir. En la canción, Bowie se coloca en un punto de vista celestial: “Look up here, I'm in heaven”. Confiesa cicatrices invisibles y un cerebro que gira por la altura, mientras recuerda la fama neoyorquina y la sensación de no tener ya nada que perder. Con referencias bíblicas al Lázaro resucitado, el artista juega con la idea de renacer solo para anunciar su adiós definitivo.
El estribillo “I'll be free, just like that bluebird” es un grito de liberación: Bowie se visualiza volando como un pájaro azul, símbolo de esperanza y trascendencia. Entre líneas nos habla del precio de la fama, de los excesos y de la búsqueda de sentido cuando la vida se agota. “Lazarus” es, en última instancia, un autorretrato de coraje: un Bowie vulnerable que, consciente de su mortalidad, convierte su despedida en arte y nos invita a mirar al cielo para encontrarlo libre, creativo y eternamente inolvidable.
En «Absolute Beginners», David Bowie nos invita a vivir el amor como si fuera la primera vez: sin pretensiones, con los ojos bien abiertos y el corazón latiendo fuerte. El narrador reconoce que no tiene grandes riquezas ni certezas que ofrecer, pero declara con entusiasmo: “I absolutely love you”. Para él, lo importante no es tenerlo todo claro, sino estar juntos; lo demás puede irse “al infierno”.
La canción celebra la magia de empezar de cero, mostrando que las limitaciones desaparecen cuando dos personas comparten la misma ilusión. Bowie imagina un amor que vuela sobre montañas y se ríe del océano, al estilo de las películas clásicas, demostrando que las dificultades se vuelven irrelevantes cuando hay complicidad. En resumen, este tema es un himno optimista a los comienzos, donde la inexperiencia no es un obstáculo sino el motor que impulsa a soñar en grande.
¿Listo para despegar? "Space Oddity" nos sumerge en la conversación entre Ground Control y el astronauta Major Tom, un héroe celebrado por la prensa que se embarca en una misión espacial épica. Al ritmo de la cuenta regresiva, Tom cumple cada protocolo -tomar las pastillas de proteína, ajustar el casco- hasta que por fin cruza la escotilla y se aleja de la Tierra. Allí, suspendido en la inmensidad, descubre la belleza de un planeta azul que ahora parece ajeno y se maravilla con la sensación de ingravidez… mientras el público en casa sigue su travesía con entusiasmo.
Sin embargo, la euforia cede paso a la inquietud cuando la comunicación falla. La nave continúa su curso y Major Tom se queda flotando en silencio, aceptando la soledad del espacio y enviando un último mensaje de amor a su esposa. Bowie transforma esta historia en una reflexión sobre la fama fugaz, la vulnerabilidad humana y el abismo entre nuestras expectativas y la realidad. El resultado es una balada cósmica que combina aventura, melancolía y preguntas existenciales que todavía resuenan con cada acorde.
As The World Falls Down transformă o poveste de dragoste într-un basm stelar. David Bowie, maestrul cameleonic din Regatul Unit, descrie acea clipă magică în care doi necunoscuți aleg să se lase purtați de inimă, chiar când totul în jur pare să se prăbușească. Versurile lui pictează ochi ca bijuterii palide, inimi „păcălite” care bat mai repede după noi visuri și promisiunea că cineva va așeza cerul și luna exact acolo unde ai nevoie - în privirea și în inima ta.
Departe de a fi o baladă tristă, piesa amintește că dragostea este scânteia care transformă durerea în aventură: orice „thrill” dispare, distracția pare să se fi terminat, dar el rămâne alături de tine „as the world falls down”. Mai mult, vocea lui Bowie îți promite dimineți aurii, seri de Valentine și un drum ales „între stele”. Rezultatul? Un imn pop-fantasy despre curajul de a te îndrăgosti chiar și atunci când realitatea nu mai are sens - și tocmai prin asta să găsești sensul.
¿Qué pasaría si el tiempo se arrastrara como un animal herido mientras el mundo se deshace a nuestro alrededor? Así arranca "Time Will Crawl", un tema de David Bowie (icónico artista del Reino Unido) que mezcla ciencia ficción, crítica social y puro rock ochentero. Inspirado por la catástrofe de Chernóbil, Bowie pinta un futuro distópico donde los gobiernos actúan a ciegas, los pilotos atraviesan agujeros imposibles y los ríos se llenan de peces sin pupilas. Todo ocurre bajo un estribillo insistente: Time will crawl… el tiempo se volverá lento y pegajoso cuando ignoremos las señales de alarma.
En este paisaje onírico aparecen imágenes grotescas —dedos que desaparecen por culpa de pastillas, brisas que derriten el metal— que simbolizan la degradación ambiental y moral. Al repetir "till the twenty first century lose", Bowie advierte que, si seguimos pasivos, el siglo XXI terminará antes de empezar. La canción es, a la vez, un grito ecológico, una sátira contra la indiferencia gubernamental y una invitación a despertar. Con su mezcla de fantasía oscura y ritmo contagioso, "Time Will Crawl" nos recuerda que todavía podemos cambiar el curso de la historia… antes de que el tiempo se arrastre hasta detenerse.
¿Recuerdas a Major Tom, el astronauta que flotaba plácidamente en “Space Oddity”? En “Ashes To Ashes”, Bowie nos revela el oscuro reverso de aquel héroe. Ahora lo presenta como un junkie “colgado en las alturas del cielo”, símbolo de cómo los ídolos y los sueños pueden deteriorarse con el paso del tiempo. Con juegos de palabras (“ashes to ash, funk to funky”) y un estribillo pegadizo, el artista narra la lucha interna contra las adicciones y la culpa, combinando confesiones (“nunca hice cosas buenas ni malas”) con imágenes surrealistas –chicas japonesas sintetizadas, ruedas verdes que lo persiguen– para reflejar el caos de la mente y la fama.
La canción es también un autorretrato: Bowie avisa de los peligros de repetir errores del pasado (“me quedo con un valioso amigo… Major Tom”) y cita a la figura materna que advierte “no te metas con Major Tom” como una voz de la conciencia. Entre sonidos new wave y funk, el músico británico convierte la caída en arte, transformando la derrota en una elegía brillante sobre la reinvención personal y la fragilidad humana.